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Josu Beaumont Barberena, Iñaki López de Bergara Astola Ex-presos expulsados del Estado francés (articulo publicado en gara el 28-04-1999)
Parece ser que una vez más los vascos andamos empeñados en ser unos bichos raros para con nuestros vecinos. En cualquier parte del mundo, cualquier preso mira a la fecha de su liberación como el fin de una pesadilla; en cambio para los presos políticos vascos encerrados en las prisiones del Estado francés, la cosa es totalmente diferente; ese supuesto día de la liberación se convierte en fuente de miedo y en punto de preocupación. Esa fecha que se va acercando poco a poco en el calendario, se convierte por arte de magia de la colaboración represiva entre los estados, en una fecha negra con tintes de expulsión y tortura. Al día de hoy, el preso Juan Carlos Estévez Paz lleva 30 días de huelga de hambre para intentar impedir ser torturado. Las comparaciones son odiosas, pero así como muchas veces se comenta que en los Estados Unidos, el que los presos estén años y años en los corredores de la merte antes de ser ejecutados es casi tan cruel como la ejecución misma, la situación de los presos vascos sobre los que pende la expulsión al acabar su pena viene a ser desde el punto de vista de dureza psicológica algo similar.
No es necesario ser un lince para saber que en nuestra tierra todo aquel que no renuncia a luchar por la libertad de nuestra Euskal Herria, un día u otro se puede encontrar inmerso en el infierno de la tortura, riesgo que muchos abertzales han asumido, sin por ello renunciar a la lucha. En cambio, en este caso, la totura casi se puede ir palpando mes a mes, semana a semana, conforme van avanzando las hojas del calenda- rio, es algo así como una tortura a plazo fijo.
Recordar aquí las torturas sufridas por la mayoría de los dos centenares largos de refugiados expulsados por Francia no estaría de más, del mismo modo que recordar las torturas sufridas en los últimos años en los casos de expulsiones de presos políticos vascos llevados de un lado a otro de la muga como si de cualquier paquete se tratase. Recordar las torturas a José Domingo Aizpurua, Teodoro Meabe, Luis Iruretagoiena, Josu Arkauz, por citar algunos de los últimos años, torturas todas ellas hechas a fuego lento, con la cuenta atrás puesta el día de la supuesta liberación.
Para nuestros vecinos, bien sean españoles o franceses, aquí en los últimos meses nada ha cambiado salvo el olor a miedo que desprenden todos sus actos, miedo a que seamos capaces de coger en nuestras manos las riendas de nuestro futuro y les dejemos solos con sus podredumbres, sus torturas, sus miserias, sus intoxicaciones, sus cárceles de exterminio, sus guerras sucias, sus chanchullos económicos a cambio de continuar con la opresión de los nuestros. Pero aunque nosotros vayamos dislumbrando ese futuro esperanzador, la realidad nos pone las pilas, y nos obliga a seguir movilizándonos para acabar con la lacra de la tortura, con la lacra de la represión. Así como Melli lleva esos larguísimos días en huelga de hambre, en las demás prisiones del Estado francés la situación es mucho peor que antes de la tregua, ­por poner una fecha que debería servirles para un antes y un después a aquellos que se les llena la boca hablando de violencia­. Así como los de dentro andan dejándose la piel luchando por el reconocimiento de sus derechos, es a los que estamos fuera a quienes nos corresponde coger el relevo y ponernos al frente de estas luchas, contra las expulsio- nes, contra la torturas, contra la dispersión...
Aquellos que no respetan ni su propia legalidad nos vendrán dentro de unos días, si no logramos impedir la expulsión de Juan Carlos, con la cantinela de la gran colaboración entre los dos grandes hermanos, como si de un nuevo éxito de su política de pacificación se tratara, la misma política de pacificación que celebró el caudillo tras veinticinco años o que los franceses llevaron a cabo durante las "operaciones de pacificación" de la guerra de Argelia. Debemos reflexionar sobre el peso de todas estas luchas sobre un futuro próximo, futuro que nos atañe a todos ¿o es que alguno cree que nuestros dos vecinos que ni siquiera cumplen sus propias leyes, bien sea en el tema de la dispersión, en el de la tortura o en el de las expulsiones, van a respetar lo que este pueblo decida sobre su futuro sin injerencias externas? No seamos ilusos, si hoy en día entre todos no somos capaces de impedir que un preso vasco, siendo ilegalmente expulsado, pueda ser torturado, ¿no sería ponernos un velo delante de los ojos el pensar que podemos esperar cualquier clase de cambio en la política represiva de franceses y españoles? Si no somos capaces de que cumplan con los derechos que sus propias leyes reconocen, ¿no sería ficticio aspirar a que se nos respeten derechos que nunca han reconocido? |